Los orígenes de la fortificación de Calasparra se remontan al siglo XII, durante el Califato de Córdoba y su abandono se produjo tras la sublevación de los mudéjares en el 1264.

El 9 de Junio de 1289, el rey Sancho IV dona el castillo y la villa de Calasparra a la Orden de San Juan de Jerusalén, por lo que llego a convertirse en el símbolo más significativo del poder de la Orden sobre estos territorios.

De lo que fue el castillo actualmente pueden visitarse sus restos, en proceso de rehabilitación, a los que puede accederse a pie desde el centro de Calasparra, a través de un camino acondicionado con escaleras. La fortificación se halla situada sobre una altura rocosa, en las estribaciones de la serreta de San José y desde la cima se domina perfectamente la fértil vega circundante.

Al parecer, el conjunto fortificado de Calasparra se distribuía en varios recintos – aprovechando los desniveles y escalonándose por el cerro – la defensa del castillo y la población amurallada. En la actualidad se observa un recinto superior que corona el monte, y que albergaba una gran Torre del Homenaje de unos 12 metros.

Algo más bajo aparece otro recinto murado en cuyo interior se conservan dos aljibes construidos con tapial de argamasa adosados al cortado de la roca para aprovechar el agua de escorrentía producida por la lluvia. El acceso principal a la fortaleza se situaba al norte, donde aún es posible observar los arranques de las torres que flanquearon la puerta. La construcción se realizó mediante tapiales, utilizando argamasa
(cal, arena y agua) y piedras de mediano tamaño, lo que explica su deterioro.